Istmos

Serie Istmos 1993-1994.

Técnica mixta, collage y grabado sobre madera, aguafuerte sobre hierro. 40 x 120 cm.

Pedro Flores en el Purgatorio

El Vaso Solanas

Arqueología emocional.
Me dijo:
“Tienes que pararte
y excavar en tu pasado”.
Roger Wolfe. Hablando de pintura con un ciego.

Para escribir sobre Pedro Flores, es decir, sobre su obra, es necesario haber recogido del monte cien espigas desconocidas, haberse bebido una botella de Contino o Pesquera, hablar cantando napolitanas con canela y entender mucho de poesía. Yo, como soy amigo suyo, me tomaré la licencia de incumplir alguno de estos requisitos-no diré cuales-, y así, voy a intentar contar algo de su pintura, sobre todo de los últimos trabajos que nos presenta, esperando no pervertir con las palabras la magia de las imágenes.

El título que propone Pedro Flores para esta exposición, ISTMOS, revela su preocupación por conocer esos territorios de la vida del hombre, donde las cosas cambian, se contradicen, pierden el equilibrio, en suma, donde surge el conflicto, el problema; el istmo es pues, una gran metáfora, nada lírica, sobre la angustia eterna de la persona en lucha con el poder administrador de muerte. Este transfondo, me atrevo a decir, alienta toda la obra pictórica de Flores, por lo demás, de una gran intensidad plástica, con una gran preocupación por el asunto propiamente formal y, aún es más, con una gran inquietud por el aspecto teórico y hasta filosófico, aunque siempre, todo esto, en permanente lid con su visceralidad, su apasionamiento, su categoría de pintor-pintor innata. Nos encontramos con el artista en una vieja encrucijada, donde todas las direcciones conducen a un túnel del cual no se vislumbra el final y donde se constata, tristemente, que la belleza es la única protesta que merece la pena en este asqueroso mundo. (El ARTE como vía de escapatoria, como única Verdad).

Istmos es una obra global, donde con un exquisito orden, se nos acusa, con cierta rabia, de nuestra participación en la barbarie permanente del mundo; ordenadamente, racionalmente, se van desgranando algunos de los problemas terribles que amenazan la Vida, con nombres y apellidos, sin velos edulcorantes, con la fuerza que la obra artística tiene para denunciar. Pedro se compromete y toma partido, tiene-¡que vacías parecen estas palabras¡- una clara conciencia social, alejada de cualquier dogma o doctrina, y nos brinda un trabajo sin fisuras, riguroso en fondo y forma, sincero, coherente con su trayectoria anterior, pero nada repetitivo ni complaciente, pues hay riesgo, experimentación, introspección y búsqueda. En Istmos, Pedro revisa su obra pasada, incluso la de otros artistas (en realidad la Pintura siempre habla de la Pintura), para crear algo auténtico y diferente; huyendo, lo más posible, de toda descripción, vemos dentro de una tónica general de austeridad cromática, notas de naturalezas muertas barrocas, alusiones al expresionismo alemán, aromas de vanguardia de mitad de este siglo, clasicismo, arte minimal, conceptual, manierista,…siempre en una dimensión cercana y comprensible al espectador, que no hallará apenas pinceladas o empastes, sino veladuras y manchas, materiales que aunque manipulados, casi se nos presentan en estado puro(el juego constante entre la madera que parece metal, el metal que parece madera, la madera que parece piedra, etc. Es más que un Trompe l´Oeil virtuoso, un recurso poético metafísico). Todos estos recursos estéticos, y aún otros técnicos como el empleo de ácidos, de tintes, collages, óxidos,…jamás son utilizados por mero capricho lúdico o plástico, a pesar de que los resultados son tan buenos que no haría falta mayor justificación, sino que son puestos al servicio de una idea transcendente, estructura de todas las obras. Una depurada “cocina” no sujeta a modas ni a frívolas  tendencias mercantilistas, sino a una finalidad, a un espíritu.

En resumen, se nos ofrece en esta exposición, una pintura compleja, rica en sugerencias y en interpretaciones (la mía es una más simplemente), fruto de un artista maduro pero inquieto y curioso, en constante aprendizaje, una mirada limpia y crítica en derredor nuestro, una pintura que brilla en la mediocridad del purgatorio cotidiano, emocionante y sensible, invitándonos a detenernos y reflexionar; un hermoso juego de arqueología emocional.

Carboneras de Guadazaón, Cuenca. 10 de Agosto de MCMXCIV.

Pirotecnia del Fracaso

Manuel Pérez-Lizano Forns

Sepultureros clandestinos de un funeral múltiple sin bolero amoroso, ejercen cual deicidas pero de la naturaleza y tratan al ser humano, recordando al gran Camus, como si fuera el ejercicio del terror con máscara para embotar al crimen. El instinto como túnel, la razón adulterada.

Doble tema que Pedro Flores aborda monográficamente, uniendo con intencionalidad lo geométrico, ámbito regulador que impide cualquier delirio, y lo literario, campo libre para solidificar la idea. Entre ambos la quietud, el color potenciando la atmósfera reflejo del entorno estéril.

Decía ámbito regulador. Cuadrados y rectángulos derribando la típica estructura del paisaje, para mostrar su hipotética independencia como posibles cuadros, en cuyo interior se respira, no obstante, similar lacra temática. Pero regulan, centran la composición, impiden el triunfo radical de lo tenebroso. La razón, aquí, sólo como moderada esperanza, incluso transformándose, por necesidad, en réplica indirecta, no buscada, de la utopía.

En dichos marcos, como primera referencia, se desborda  el escaparate del tigre humano, el himno sórdido de lo indigesto. Es, según afirmaba, el intencionado rostro literario sin concesiones de felicidad, con dureza. Aquí reina la sistemática destrucción de la naturaleza y el asesinato colectivo, hasta indirecto a través de células pariendo fetos sin carne.

Como pivote de ambos lenguajes, el geométrico y el literario, la pintura derrochando saber. Al fondo, en este fracaso pirotécnico, no queda, recordando al postismo, ni el polvo del rubí pintado.

Zaragoza, a 15 de Agosto de 1994.

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